Por Jéssica Quintana
Pedro Salmerón llegó a Tlaxcala, pero en lugar de traer argumentos, propuesta y unidad, trajo adjetivos. A Alfonso Sánchez García lo llamó “junior”, “patán” e “ignorante”.
«Toda una lección de debate»: cuando faltan razones y congruencia, sobran insultos.
Lo curioso es que semejante demostración de “altura política” ocurrió en un acto de respaldo a la experredista Ana Lilia Rivera, quien también aspira a encabezar el proyecto de Morena en Tlaxcala.
Ana Lilia no pronunció los insultos, es cierto. Pero estaban ocurriendo en su presencia. Y ahí surge la pregunta incómoda: ¿en qué momento guardar silencio dejó de ser neutralidad y comenzó a parecer aprobación?
Más aún tratándose de Salmerón, un personaje que carga desde hace años con señalamientos públicos por presunto acoso sexual, controversia que incluso terminó por frustrar su propuesta como embajador de México en Panamá.
Él ha negado las acusaciones, desde luego.
Pero resulta curioso que alguien con semejante historial de controversias llegue a Tlaxcala a repartir certificados de “ignorancia” y “pataneidad”.
La política puede ser dura. La crítica también. Pero insultar no es debatir.
Y si Ana Lilia Rivera realmente quiere representar una nueva forma de hacer política, quizá debería empezar por algo muy sencillo: decir que en su proyecto los adversarios se enfrentan con argumentos, no con insultos.





