• Ana Lilia no es víctima de una campaña para desacreditarla, sino de su propia incontinencia verbal.
Por J. Luis Ahuactzin
Calificar de «estúpidos» a quienes exigen cuentas, o de arrastrados y obedientes a los poderes del Estado, no es una estrategia de defensa, sino que es una confesión de soberbia e intolerancia, que mantiene la fractura de unidad de su propio movimiento.
Es irónico que alguien con un «trabajo legislativo» de baja relevancia en el estado y una presencia territorial casi nula, pretenda culpar —bajo chantajes infantiles— a otros de sus propios errores.
Antes de señalar culpables en la sombra, al igual que avienta la piedra y esconde la mano, la experredista debería entender que los valores se cultivan y el respeto del electorado no se exige ni se insulta.
La ahora neomorenista, quien se jacta de ser la mayor constitucionalista del país, pero que calla por los asesinatos, secuestros, feminicidios y robos, mientras siga evadiendo su responsabilidad y disfrazando sus errores con su victimismo, Ana Lilia seguirá siendo la perfecta arquitecta de su propia derrota.





